Castel II
Siguiendo con la temática del cuento Castel, escribí este otro que recorre los mismos sinuosos senderos. La idea de la historia es básicamente la misma, sólo que con un enfoque diferente. El nombre sólo agrega un “II” al anterior, ya que tengo la idea de seguir escribiendo estos mini relatos para aunarlos luego en uno de mayor extensión. Dejo entonces este cuento para que reciba sus mas acérrimas críticas (o sus más elaborados elogios). Espero que les guste, saludos!
Castel II
El sacerdote llegó al edificio cerca de la medianoche. La callejuela estaba desierta a esas horas y la única luz que desvanecía escasamente la oscuridad se encontraba coronando el umbral de la puerta de vidrio del hall de entrada. Un portero adormilado le permitió entrar y le indico con gesto cansado el pasillo que daba a las escaleras. El ascenso le pareció eterno, sus viejas piernas ya no le respondían como antes. Llegó al fin hasta la puerta del departamento. Golpeó con sus nudillos, blancos por el frío, y un eco sordo pareció contestar desde el interior de la vivienda. Nada. Volvió a insistir y esta vez pudo percibir tenues voces que se acercaban hacia él. La puerta se abrió. Una pareja de aproximadamente sesenta años de edad, acompañados de una hermosa joven que debía rondar la veintena, lo recibió en la entrada. El hombre y la mujer parecían muy cansados, como si no hubieran dormido en varios días, los ojos de la joven estaban enrojecidos e hinchados, seguramente secuelas de horas de llanto ininterrumpido. Desde una habitación cercana llegaban murmullos intercalados con algún grito seco, casi imperceptible. El viejo cura se adentró en la casa con un simple gesto de su cabeza hacia la familia. No fue necesario pronunciar ni una palabra.
Un joven se encontraba en la habitación, atado de pies y manos a la cama, en incansable lucha por liberarse. Sus ojos desorbitados ni siquiera observaron al sacerdote cuando este entró, y sus labios se movían frenéticamente en incomprensibles palabras.
- Lo sé… No hay duda… No hay pena que valga esta existencia… ¿Dónde está? ¿Dónde se ha ido?
El clérigo comenzó a sacar lentamente sus instrumentos del maletín.
- Misterio… Desolación… ¿Queda algo de mí para salvar? Castigar… Descubrir…
Dejó el agua bendita sobre la mesa de luz.
- ¿Cuánto más faltará para ver cumplido mi sueño? Despropósitos… Sólo despropósitos…
Se colocó la estola por detrás del cuello.
- Cercenar su existencia… No hay alternativa…
Miró al joven con un dejo de temor en sus ojos.
- Inevitables designios… Alma descontrolada, como nunca… Dolor…
Tomó en su mano izquierda la biblia abierta, mientras con la derecha rociaba de agua bendita la habitación. Recitó las plegarias tantas veces antes recitadas.
- Padre nuestro…
- No hay Dios que pueda salvarla…
- …que estás en el cielo…
- No habrá paraíso para ella…
- …santificado sea tu nombre…
- Déjelo padre… No tiene sentido este absurdo intento por expulsarme, soy esto, no hay demonio en este cuerpo, sólo yo… y Castel… - La voz del joven sonaba cansada, irritada.
- ¿Castel?
- No tiene idea padre - Los ojos del joven, inyectados en sangre, miraron al sacerdote. - La obsesión, el desencuentro, el engaño, la traición, la ira… ¡El odio! - Su voz había ido subiendo de tono, convirtiéndose ahora en un atronador grito que sacudía al viejo religioso - No tiene idea padre, de como pueden estos entes carcomerlo hasta los huesos, hasta el espíritu…
-…venga a nosotros tu reino…- El cura ignoró los gritos, sólo quería terminar, e irse - … hagasé tu voluntad… -
- ¡Ya callese! - Rugió el joven. - Ese libro no tiene respuestas para mi… - Sus manos tensaron las correas hasta dejarlas tirantes al extremo. - Sus palabras no hacen mella en mi coraza, nada puede detener este flujo de locura y desesperación… ¡Nadie!
Las correas se rompieron con un chasquido. La biblia resbaló de las manos del clérigo, quien no pudo contener el miedo y la sorpresa. Comenzó a correr hacia la puerta mientras el joven (ahora, repentinamente, de cabello entrecano y rostro maduro desencajado de odio) se incorporaba y se agazapaba en la cama listo para atacar. La pareja y la joven, que se encontraban sentados a la mesa esperando, se levantaron de repente debido a los gritos provenientes de la habitación. Antes de que abrieran la puerta pudieron escuchar la trémula súplica del sacerdote:
- No… Por el amor de Dios… No… -
Fueron las últimas palabras que pronunció. Cuando la familia entro en la habitación no había nadie. El vidrio de la ventana estaba destrozado. Trece pisos los separaban de la calle.
Master Of Madness










